No sé cuándo ni cómo nos conocimos. La memoria, querido amigo, últimamente anda jugando conmigo. Manolo debe saber. Él es nuestra memoria histórica.

Sé que éramos críos, menores, y tú encontraste un montón de mentes nuevas, de primera mano, ávidas de saber, con la edad perfecta para escuchar con ojos y bocas abiertas todas esas cosas que nos contabas con esa voz ronca, profunda y potente, y nos mirabas con esos intensos y bellos ojos verdes sembrando en nosotros la bacteria de la revolución y del anarquismo, de Fassbinder y Schygulla.

Puro nervio. Pura pasión. Pura entrega.

Ya debieron pasar unos 40 años de aquellos primeros encuentros, y aún que nos veíamos poco -yo anduve hasta hace poco en la emigración rebelde- ese abrazo al reencontrarnos era el abrazo más verdadero del mundo. No hacía falta ni hablar. Con la mirada lo decías todo.

Nos trajiste a Uli, eterna Penélope, a Iris y Eric, sin contar tu extensa familia y allegados. Nos llevaste a comer y cenar a la Cabana y a Partovia. Como la gallina con sus pollitos, te gustaba rodearte de los tuyos.

Y te fuiste para el Barco (de Valdeorras), a donde fui a visitarte una sola vez, y me encantó ver vuestra casa, vuestro hogar, donde todavía estaban los dos caballos.

Sindo, eras guapo por dentro y por fuera. Tenías un corazón demasiado grande, por eso aguantaste tantos infartos. Demasiado sensible con la injusticia, con los políticos y la política de mierda de ayuntamientos, autonomías, estados y del mundo entero. Llegamos a pensar que eras inmortal.

Y mira tú, que volviendo de un viaje a Alemania, se te pegó una puta bacteria que, sin piedad, te arrancó de nosotros. Pero que sepas que siempre, siempre, estarás entre nosotros y serás recordado con inmenso cariño.

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