Hay una mujer en mi vida a la que le debo tanto, tanto, tanto, que sé que no tendré suficientes años de vida para pagarle.

Desde que era adolescente y tenía problemas con mis padres, era en su casa donde me refugiaba. Ella me hacía siempre y sin cuestionarme, un hueco entre la (entonces pequeña) familia que estaba formando, y allí me reconciliaba yo con el mundo.

No he conocido persona más generosa en mi vida. Generosa con su amor, con su tiempo, con sus cosas. Desde entonces, es ella la que me regala bolsos (yo soy un desastre), fulares, ropa… y sé que SIEMPRE tengo allí mi casa, si me hace falta.

Desde que la conocí, paso con ellos todos los fines de año, con su familia que fue creciendo hasta tener tres maravillosos hijos. Una fecha que siempre me produce cosquillas en el alma, porque nos juntamos buenos amigos en su casa, siempre abierta, siempre impecable.

Cuando vivía en Londres vinieron a pasar conmigo una semana, ella y su marido, su hermana y su cuñado. Fue entrañable para mí poder ofrecerles el pequeño apartamento donde vivía, con colchones en el suelo, todos apretaditos, sin grandes lujos, pero con lo imprescindible para que pudieran visitar la ciudad y estar al menos con alguien conocido, no en un frío hotel para turistas.

Más tarde, cuando ya vivía yo en Madrid, vino de nuevo con su marido. Esta vez, desgraciadamente, no fue una visita turística, sino médica. La pequeñísima Candela, su hija pequeña, venía a someterse a una difícil operación a corazón abierto. Tenía pocos meses de vida. Y salió adelante. Fuerte como un torito. Candela creció y creció, preciosa, angelical, dulce, presumida. Pero nunca dejó de ser niña. En su genética, una rara e indescriptible (para mí) ecuación de números y letras la hizo ser niña aunque fuera cumpliendo años.

Esa madre, ese padre, esos hermanos, la cuidaron con cariño y firmeza, llenando su vida de rosa (su color preferido durante mucho tiempo), con su bicicleta para quemar calorías, porque le gustaba comer, todo le sentaba bien y su madre era estricta y ella, muy obediente y pizpireta, enseguida se subía a esa bicicleta estática y pedaleaba kilómetros que luego le decía a su madre, toda contenta.

Esa niña, ese ángel, Cande, Candeliña, se fue volando este lunes pasado, el 21 de marzo, dejando desolados a todos los miembros de su gran familia. Se fue sin avisar, sin motivo, sin razón. El dolor que vi ayer en el cementerio en la cara de mi queridísima amiga, no se me olvidará en la vida. No tengo palabras para describir lo que vi en su semblante. La ausencia de Candela. Iba agarrada a la preciosa urna que llevaba sus cenizas, pegada a su corazón de madre desgarrada. Ella, que para mí era el paradigma de la fuerza y la vitalidad. Ella que era la que cada mañana tiraba de mí para ir a andar, para que me gustara, porque lo necesitaba. Incansable, subiendo y bajando cuestas y escaleras. La personificación de la energía vital, la vi reducida a la mínima expresión de vida, un pequeño suspiro llevada en volandas por sus hijos y su marido, para depositar a su niña Candela junto a su abuelo.

Daría lo que fuera por poder quitarle un gramo del dolor que siente. Pero sé que no puedo. Lo único que puedo hacer, en cuanto pasen unos días, es estar, ser, única y exclusivamente para ella, 24 horas al día si hace falta, y empezar a devolverle con cariño, con fuerza y energía, todo lo que me ha dado y sé que seguirá dándome: su amor incondicional de amiga. Mi amor por ella es grande, me duele en el alma, siento su dolor desde ese kilómetro que me separa de su casa. Pero estaré ahí para ti, querida Conchi. SIEMPRE. Cada día de este penoso y doloroso camino que empiezas ahora sin tu niña. Ahí estaré para llenarte de besos, de abrazos, de cariño, de ideas, de caminatas, de labores, de todo lo que haga falta para que, poco a poco, a tu ritmo, vayas caminando de nuevo en esta vida que ahora sé que no tiene sentido para ti.

Te prometo, Conchi, que haré contigo el tramo del camino de Santiago del que hablamos. Y si hace falta, lo hago corriendo, o nadando, o arrastrándome, con tal de que vengas a mi lado. Yo nunca dejaré de estar ahí. Te quiero, Conchi, te quiero con todo mi ser.

http://www.usc.es/uniatemp/es/node/327

 

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