Mirtha Hilda García Atienzar. Descanse en paz.

No puedo creer lo que estoy escribiendo. No puedo. Te has muerto de un infarto el día 20 en La Habana. No me lo puedo creer. Entraste en mi vida como un huracán, sin avisar, hace como 16 años, y ahora te vas sin avisar también, tan joven, tan vital, tan hiperactiva. Mirtha. Mirtica. Estoy cabreada contigo por irte así. Teníamos que vernos una vez más…

No hace mucho hablamos por teléfono, en una de tu giras, creo que por latinoamérica, hablamos, cómo no, de perros. Y nos echamos unas risas. Siempre esperando el encuentro, donde fuera. La última vez te vi en Madrid, cuando estabas trabajando con Paulo FG, en una pensión de muerte en el centro de la capital, con un frío del carajo. Fui a verte desde Mallorca, ¿recuerdas?

Y sí, sigo gorda. Y sí, sigo fumando. Y sí, sigo diciendo muchos tacos. Y hoy me vienen unos cuantos a la cabeza después de confirmar lo de tu huida. Cobarde. Coño, Mirta, estoy cabrona contigo, esto no se hace. Estaba contemplando la posibilidad de ir a visitarte el año próximo, en primavera, a ese 5º piso con ascensor desde el que se veían las banderas (cubanas o negras) delante de la Sección de Intereses, a una cuadra del Malecón habanero.

Fui testigo de tu última boda, y tú de la mía. Todavía estaba tu dulce mamá, Mirtha también, a quien yo quería muchísimo. No tanto como a ti. Y a veces te odiaba un montón, porque eres “arrecha”, sin pelos en la lengua, directa y sin frenos. Te reías cuando te llamaban “imperfecta”. Tu risa, tus carcajadas con lágrimas incluidas. Pequeñita pero matona. Mirtha, coño, cómo has podido hacerme esto… Esta vez sí que no te perdono.

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