“Angélica, del griego mensajera, la mensajera de Dios.

Naturaleza emotiva vehemente. Se manifiesta en la expresión artística, las cosas del honor y las del humor. Ama el color, las proporciones y el ánimo alegre. Le gusta sentirse complementado. Es consistente. Se expresa en la línea recta, la atención al detalle, la seguridad. Ama lo que afirma y confirma, la propiedad y la ley que ampara. Es mente de pensamiento deductivo. Se expresa como pensador independiente, con autoridad y lealtad, generalmente en actividades exclusivas, más dependiente de la intuición que de la razón. Recibe aumento en tareas que requieren meditación, inspiración, inmersión en las profundidades del ser y de las cosas. Ama lo complejo y lo elevado, lo que se siente y lo que se presiente. Podría destacar en profesiones como científica, profesora, ocultista, escritora, horticultora, inventora, abogada, actriz, analista o líder religioso.

Es honesta, detallista y tiene una gran voluntad cuando se propone algo. A veces es reservada y otras veces se muestra abierta y sociable. Necesita una pareja con quien compartirlo todo.”

La podías ver vestida “de campo”, con chanclos y bolsas de plástico en los pies, mandil, sombrero y máquina de sulfatar a la espalda, por los caminos de las huertas que con tanto afán y cariño cuidaba.

Era arisca, sí. Genio y figura heredados de su padre, pero la bondad que ella no dejaba traspasar al exterior, fluía a raudales con los enfermos, los necesitados, los desfavorecidos y con los animales. El cariño que no demostraba con sus seres más queridos era capaz de transmitirlo a un par de jabalíes salvajes que se enamoraron perdidamente de ella, de su naturaleza generosa. La llamaban desde la calle e incluso la ayudaban en las tareas que ella estuviera realizando. Me la imagino en algún lugar, en alguna dimensión, rascándole la barriga a Rufo, encantado de poder, por fin, estar a su lado sin restricciones.

Esposa, madre, hermana, abuela, tía, allí estaba ella, el puntal de referencia de la familia, la primera en decir su pensamiento sin importarle lo que pensaban los demás. Y sí, muchas veces estaba equivocada en sus formas, no acostumbraba a pasar sus palabras por el tamiz de la diplomacia, y a veces hería. Pero ese carácter férreo se compaginaba con la compasión, la generosidad, la fuerza, y sobre todo, el trabajo.

Era la viva muestra de la mujer gallega trabajadora del campo, abnegada, sacrificada y entregada a su huerta, que la compensaba con sus mejores frutos y verduras.

Pese a su indumentaria campestre, cuando había que vestirse rezumaba elegancia y clase por los cuatro costados. Tenía altura y postura. Era guapa. Eras guapa, Angélica. Y lo seguirás siendo para todos nosotros.

Tu nombre quedará unido para siempre a esta pequeña aldea escondida, como dice el último vástago de la familia, no hubo, ni hay, ni habrá, otra como tú, por eso tu ausencia es mucho más sentida por los que te conocemos y queremos.

Tu compañero te llora cada día. Cada día te habla con las dulces palabras del amor eterno. Tienes que estar contenta allá arriba por todo el cariño que despiertas en los tuyos y el dolor de tu pérdida. Angélica, tía, gracias por  dejarnos conocerte y quererte. Allá donde estés, cuídanos a todos los que hoy estamos aquí reunidos para recordarte. Te queremos.

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