La semana pasada, mi amiga cumplió 91 años. Uno de sus nietos le regaló un pollo. No le montó un pollo, le regaló uno vivo. Y su hermana (la del nieto, no la del pollo), se lo encontró una mañana (al pollo, no al hermano) usando el suelo de la cocina (donde vive, porque necesita calor y el pobre está solo) como cuarto de baño y exclamó: “Me cago no piro de Dios”.

Y le quedó. Si es que las palabras marcan mucho. Le quedó porque, cuando por la tarde me lo enseñó mi amiga (al pollo), le pregunté cómo se llamaba y en ese mismo momento recordó lo que había dicho su nieta y me dijo: Piro de Dios. Y yo le hice un reportaje para que quedara constancia. Le tuvieron que cortar parte de la cola y de las alas, porque debe sufrir claustrofobia dentro del cubo donde lo han puesto…

Con ustedes, Piro de Dios:

Piro = pollito en plena pubertad

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