Los que me conocen bien saben de mi pasión por La Habana. Desde el primer viaje, en Diciembre de 1993 me quedé prendada de la ciudad de las columnas. Pero sabía que sólo había vislumbrado una pequeñísima parte de lo que escondía. Por eso repetí y repetí y cada viaje desentrañaba un secreto y descubría otro que me obligaba a regresar.

Hace unos años tuve el gran honor de conocer a Abilio Estévez, mi escritor cubano (vivo) preferido. Lo descubrí en una página de literatura cubana donde describía La Habana de una forma tan mía que, a medida que iba leyendo, hiperventilaba:

La ciudad de las ventanas abiertas

No sé, no podría decir, si en La Habana existen más ventanas que en otras ciudades. Sí, estoy tentado a asegurar que en ninguna otra ciudad se hallan tan abiertas las ventanas. He ahí una de las de las características que nadie, edificio de apartamentos en San Lázaro, cerca de la colina universitariaen La Habana, debiera pasar por alto: el poder de las ventanas, su lenguaje, su indiscreta gentileza, su atractivo descaro…

Ventanas de par en par abiertas. Ventanas sin persianas. Ventanas sin celosías. Ventanas sin visillos. Ventanas campechanamente abiertas a la calle, a la canícula de la calle, a la poca brisa, a la esperanza de la brisa, a la fe en el posible aguacero que mitigue (por unas horas) el bochorno… Ventanas abiertas a la impertinencia de miradas (no sólo las miradas desvergonzadas hacia las casas de los que pasan por las aceras, sino además, las no menos desvergonzadas de los habitantes de las casas hacia quienes van por las aceras).

Las ventanas son el mejor modo que nosotros, los habaneros, hemos encontrado de ser ubicuos, de vivir en varios lugares al mismo tiempo: en la casa y en la calle.

La casa aísla. La casa, se sabe, es el cobijo por antonomasia. Las paredes que amparan. El techo que abriga. Las puertas y ventanas que establecen la calle San Miguel, llegando a El Pradonecesaria separación, la independencia, luego de haber pasado un día de relaciones (más o menos amables, o más o menos controversiales) con el otro. La casa es la búsqueda de la intimidad. El retiro necesario. El lugar donde ocultarnos después de haber salido al mundo, después de habernos expuesto a tantos equívocos, a tantas miradas, a tantos juicios, a tantos peligros. El sitio del ocultamiento. Del refugio. El espacio donde se cumple con rigor el extraordinario rito de la soledad. La sanctasanctórum. Donde se guardan recuerdos, anhelos, angustias, alegrías, recelos, entusiasmos… Donde el baño y la comida rozan la categoría de lo sagrado, y el sueño y el descanso se acercan a la ceremonia…

Pero nosotros, los habaneros no queremos encerrarnos, no queremos aislarnos. Suficiente exclusión, retraimiento, clausura, provoca el mar. La isla anclada en el Golfo de México es ella misma un gran encierro. En un poema memorable, en uno de los más grandes poemas escritos en Cuba para definir a Cuba, La isla en peso, Virgilio Piñera (poeta mayor), dejó escritos algunos versos terribles y concluyentes:

     La maldita circunstancia del agua por todas partes
     me obliga a sentarme en la mesa del café.
     Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
     hubiera podido dormir a pierna suelta. 

El agua rodeando como un cáncer. El agua como reclusión y enfermedad. Los habaneros no vivimos en el mundo. Vivimos en La Habana. Y sospecho que ni eso. Vivimos en las cuatro calles que conforman nuestro barrio. El mundo entero está compuesto por la pequeña barriada. La humanidad no existe. O mejor, la humanidad son los cincuenta o sesenta vecinos, y los cincuenta o sesenta transeúntes que pasan alguna vez por la calle rota y brillante, también rota de luz…

Los habaneros estamos, pues, ansiosos de intemperie y de miradas. Ansiosos de diálogos. Buscamos, a toda costa, la comunicación. Nos refugiamos bajo un techo y tras cuatro paredes porque el sol se ensaña sobre La Habana como casi no se ensaña sobre ninguna otra ciudad. ¿O será que La Habana no posee las defensas de otras ciudades? No lo sé. Los habaneros necesitamos de un cobertizo simple donde escapar de la carcoma salitrosa de las brisas marinas, donde ampararnos de los aguaceros violentos, de los ciclones, de la excesiva luz y del fuego directo del sol… Salvo esa defensa, ya no requerimos nada más. La casa para nosotros viene siendo, entonces, una elemental defensa meteorológica.

Requerimos de la intemperie. Los habaneros necesitamos de los vastos espacios; así como necesitamos del otro, del prójimo, tanto como de nosotros mismos (o quizá más), para defendernos de esa propia intemperie. Por eso, las ventanas abiertas. Por eso, la comunicación permanentemente con la calle. Por eso la casa huyendo hacia la calle, o la calle apropiándose de la casa (como prefiera el lector).

Así puede descubrirse el lenguaje de aquellos rectángulos luminosos, descarados, abiertos con esperanza a la canícula, las ventanas. Una cosa es el conocimiento de la intuición y otra muy distinta el conocimiento de la razón. Insisto: de todos los descubrimientos humanos, acaso la ventana sea uno de aquellos a los que más provecho hemos podido sacar los habaneros. En La Habana, la ventana adquiere un valor especial, una dimensión casi mística. Una Habana sin ventanas o con ventanas cerradas, sería punto menos que impensable. La ciudad de las columnas es asimismo la ciudad de las ventanas abiertas. La ventana es uno de los modos que tenemos de mantenernos vivos, de saber que continuamos teniendo un espacio en los atlas que confeccionan los geógrafos.

He explicado, supongo que con cierta lógica, que una ciudad que vive once meses del año (once meses: en el mejor de los casos) ahogada por el bochorno, por un calor de infierno, no puede darse el lujo de cerrar las ventanas. Sí, sé que sí, por supuesto, sé que debe tratarse de un razonamiento justo. No obstante, comprendo que no puede ser esa la única explicación. Hay algo que queda fuera. Algo que no basta a explicar el enigma. No, el problema no termina ahí. El calor, ciclones y aguaceros vienen siendo una parte de la cuestión, sólo una parte de la cuestión.

El tema de La Habana y sus ventanas resulta más complicado, más misterioso.
Volvamos al hecho de que la ventana es un punto de observación. De la casa a la calle, de la calle a la casa. Y mirar. Estamos rozando un asunto mágico: el placer de mirar. La mirada que no mira por mirar, sino que indaga en el lado gustoso de la mirada.

Alguien se ha aventurado a hablar del inveterado exhibicionismo de nosotros, los habaneros. No me atrevo a hacer mía semejante afirmación. Sólo estoy a medias seguro de que en ninguna otra ciudad del mundo podrían verse tantos cuerpos desnudos a través de las ventanas. Hombres y mujeres se pasean voluptuosos, desnudos ante ventanas de par en par abiertas. En La Habana se va caminando con inocencia por las aceras, y los ojos se desvían hacia los interiores, se va observando el secreto de las casas y todo cuanto en ellas está ocurriendo. No sólo un desfile de cuerpos desnudos, y por lo general hermosos, hermosísimos, no, sino también riñas, conversaciones íntimas, limpiezas, adoraciones, dolores, llantos, comidas, necesidades, fiestas, duelos… ¿Miedo a la soledad? ¿Claustrofobia? ¿Histeria? ¿Necesidad de compartir la vida? ¿Vida concebida en términos de mis en escéne? ¿Promiscuidad? ¿Falta de concentración?

Y escuchar. Rozamos otros tema de magia: el placer de escuchar. Vamos por la calle oyendo la música de salsa que escapa de las ventanas abiertas. A todo volumen, mezclándose con las voces de los que se unen a los cantantes. Oímos las plegarias y las burlas, los ensalmos y las bromas. Las risas, las escandalosas risas. Cualquier puerilidad es motivo de risa.

Y oler. De las ventanas abiertas escapan esencias de flores, de tantas flores para contentar a los santos, los perfumes baratos de las limpiezas, hechas además con hielo, el perfume de los baños con flores… Los aromas de las cocinas.

Sólo falta entonces tocar. En mi novela Tuyo es el reino he hablado de la falta de corporeidad que provoca la luz de La Habana. Y he intentado razonar cómo esta luz, que nos descorporeiza, nos obliga a buscarnos los unos a los otros.

Necesitamos tocar para probarnos a nosotros mismos que existimos. Acariciar la superficie única de una espalda lustrosa de sudor. Palpar un pecho que se agita y transpira. Besar labios ansiosos, que intentan palabras que no se pronuncian, y bajar luego a un cuello hirviendo por la sangre, por el sol, por el sol que se filtrado a la sangre. El encuentro de los cuerpos es una fe de vida. Una constatación. Un testimonio. Los habaneros no necesitamos pruebas de la existencia de Dios. Precisamos la evidencia de nuestra propia existencia. Y esa confirmación nos viene por el beso, por el abrazo, por el concurrencia de los cuerpos que la luz (y las circunstancias) pretenden desmaterializar.

¿Prevalecerán otras teorías para explicar la voluptuosidad y las ventanas abiertas de La Habana?

Se habla de tantas influencias. La mezcolanza que se provocó acá entre negros (las distintas etnias de negros de la costa del Golfo de Guinea), españoles y chinos. Existen otros elementos raciales, pero estos deben ser acaso los fundamentales. La primitiva sexualidad de los negros; la más retorcida de los españoles que, llegando de un país dominado por la Contrarreforma, se encontraban con el paraíso de la desinhibición; el refinamiento chino. ¿Y qué se podría expresar de las putas francesas que comenzaron a llegar iniciando el siglo que terminó?

También se habla de las difíciles circunstancias históricas que hemos vivido siempre los cubanos. Las carencias, las penurias, las contrariedades de la existencia que nos han hecho la vida extraordinariamente difícil a lo largo de tantos años.

Según esta última teoría, la solución ha sido, pues, concentrarse en el cuerpo, en los gozos del cuerpo. La investigación de los sentidos para huir de los entresijos de la razón.

Si Hegel enunció que todo lo real era racional y que todo lo racional era real, nosotros oponemos otro discurso: Todo lo real es gozable y todo lo gozable es real.

Lo propio de nosotros, los habaneros, es que no nos interesen las explicaciones. Nos atenemos a los hechos. Hay demasiado de la vida que trabajador habanero de la construcciónaún no se ha disfrutado, que aún falta por saborear, como para detenerse en los análisis. De modo que ¿para qué explicar? No, no hay nada de explicar. Hay, con toda simpleza, que morder el mango y dejar que el jugo corra comisuras abajo hasta el cuello, que el jugo del mango se mezcle allí con el sudor. Hay que observar a través de las ventanas abiertas los cuerpos semidesnudos (y los cuerpos, lo he dicho y repetido, son lo mejor de esta ciudad generosa). Hay que escuchar las conversación. Entrar en los bailes. Dormir al borde de un río, bajo la noche blanca de galaxias. Hacer el amor en el muro del Malecón, frente al mar inmenso, y e horizonte cargado de esperanza. Hay que vivir aquí y ahora, porque mañana… De mañana nada se sabe…

En estas exóticas tierras del Caribe, más que en otras, se cumple la famosa máxima de Jean Cocteau: “Dios existe, es el diablo”. Aquí, pecado y bienaventuranza se confuden.

En un país donde la Historia ha eliminado (con esa solemnidad pavorosa que siempre trae la Historia) todo tipo de placer, ¿será que todo, cualquier cosa, hasta lo más nimio, llega finalmente a convertirse en un delicado, en un urgente placer?

No sé, la verdad, no sé. Insisto: no puedo asegurar nada. Ya se sabe que a menudo, muy a menudo, con demasiada frecuencia, los hechos eluden las explicaciones y, después de todo, ¿quién soy yo para analizar el modo de vida de los habaneros? Mi único consejo, es entregarse al placer, y atisbar lo que se deja mirar a través de las ventanas. Las ventanas abiertas.

Al fin y al cabo, no puedo escapar a mi propia condición. Gracias a Dios, o gracias al demonio (si es que al final no son lo mismo), yo soy un habanero, un habanero más…

ABILIO ESTÉVEZ
La Habana, julio, 2000

http://www.habanaelegante.com/Winter2000/Ronda.htm

Pues sí, me está entrando la morriña por mi Habana. Cuatro años son muchos. Quizás en otoño, cuando el clima es más benigno para mí, me acercaré a sentarme en su malecón. Otro día hablaré de mis habaneros del alma. Se merecen una entrada aparte. Espero que os haya gustado el artículo del gran Abilio.

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