Los amigos son tesoros. Las amigas, tesoros sagrados. Tengo mucha suerte, porque tengo varios tesoros sagrados. Hoy quiero hablar de uno. De una. De ella.

Desde que regresé, varias personas me han preguntado si no extraño Mallorca. Y no sé qué responder. Mallorca está ahí. Siempre estará ahí. De un día para otro -precio mediante- puedo decidir dar el salto y comer en cualquier restaurante mirando ese mar, el Mediterráneo, que me ha acompañado durante 16 años y que, por supuesto, ha dejado huella.

Claro que sé lo que extraño de Mallorca. Sobre todo, a ella. Su nombre y el de la isla siempre estarán ligados en el rincón del corazón donde viven mis tesoros.

Unos días antes de este viaje de regreso a los orígenes, ella me entregó un paquete. Me prohibió abrirlo hasta que, un día, sintiera esa morriña reversa de añorar no la tierra propia, sino la ajena. Pero no era la tierra de lo que tenía saudade. Era de ella. De mi amiga.

Y va ella y se mete dentro. Del paquete. Y así se me apareció esta mañana al abrirlo: pedacitos de ella en cada pequeño sobre doblado con esmero y rotulado de puño y letra con su personalísima grafía.

Y aparecieron la isla y el mar envolviéndome a medida que desempaquetaba. Collares y flores de conchitas minúsculas, perlas, pendientes de estrella de mar, peces metálicos, postales, fotos de grandes amigos caninos que ya no están, fotos de ella, de mi amiga.

La que estaba allí para discutir acalorada y apasionadamente de cualquier tema, para comer en restaurantes al lado del mar, con el periódico de los domingos y pasar la sobremesa con los pies encima de una silla, tomando cafés y chupitos al calor de un sol de invierno y al arrullo del manso oleaje…

La que estaba allí, acompañándome en el llanto, en la carcajada, en las aventuras y desventuras. Sí, amiga, te extraño. Mucho. Hoy he sentido tu ausencia y estoy llorando la despedida que no lloré cuando me fui.

Te lo dije innumerables veces, las mismas que tú a mí. Que no se te olvide. Nunca. Te quiero.

Sí, la caja la pintó ella.

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