Llegué. Al principio. Al origen. Heme aquí, tras 50 años desde que todo empezó, tras 26 de ausencia. ¿Se cierra el círculo?

Observo, toco, escucho… para intentar reencontrar mi lugar entre lo ya establecido. La acogida es calurosa y tierna. Esta mi gente, fuerte, luchadora y resistente al clima y las vicisitudes de la vida, me han acogido con los brazos abiertos y con una ternura que no sólo se extiende a los que somos de aquí. Nunca nadie me recibió con tanta alegría. Son los míos. Y cada vez quedan menos.

Mi presencia era una novedad esperada (ya los medios de comunicación tradicionales habían empezado a funcionar -déjate de internet y de nuevas tecnologías: ¡no hacen falta!), aunque algunos descreídos andan haciendo apuestas sobre el tiempo que tardaré en irme… ¡Ay, Galicia, qué descreída te has vuelto!

El 21 llega el resto de mi vida encima de un camión desde la isla de la calma. Todo lo acumulado en 26 años de emigración buscada -no forzosa- buscará su lugar para arroparme y hacer mi estancia todavía más cómoda, si cabe.

Las mañanas son frías, nada de despertar suavemente. Pero el sol te acaricia y a medida que pasan las horas, incluso en este extraño marzo seco, es implacable y empuja a buscar la sombra.

Sí, llegué. Entre mis cosas estará la cámara, que prometo usar para mostrar mi entorno y mi día a día.

Ya estoy aquí. Y vine para quedarme, aunque las apuestas están en mi contra…

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